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Consejos para no reprobar la preparatoria

Mi pesadilla académica comenzó cuando al finalizar mi segundo año de prepa adeudaba seis materias

Por Zoe Medina

La preparatoria ha sido sin duda la mejor etapa de mi vida. Aunque no era la escuela que quería, conocí a muchísimas personas de las cuales aprendí cosas tanto buenas como malas. Dicen que el último año es el mejor pero en mi caso no fue así, pues lo reprobé.

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, es una verdad que me sonaba ridícula pero que ahora veo como realidad. Conforme me relacioné con los compañeros y amigos que escogí, empecé a adoptar sus mismas ideas y criterios. A continuación quiero compartir algunas lecciones que aprendí que espero sean de utilidad.

No tomar las cosas a la ligera

Mi pesadilla académica comenzó cuando al finalizar mi segundo año de prepa adeudaba seis materias. La mayoría de ellas las reprobé por no entrar a mis clases debido a mi flojera y mi mal hábito de llegar tarde. Desanimada, intenté darme de baja pero gracias a Dios mis papás no me dejaron.

De todas formas, el nuevo ciclo no iba a ser fácil ya que aún debía cuatro materias y tenía que aplicarme para salir en tres años. Como estaba cursando catorce materias, quise tomar el camino fácil que según mi lógica eran los exámenes finales. Pero, ¿en qué cabeza cabe que ese es el camino fácil? No lo fue. Al contrario, yo solita cavé mi propia tumba.

Muchas veces no le damos la importancia debida a las cosas. En mi caso fue la escuela. No era mi prioridad y por lo tanto no me esforcé para ser la mejor.

Tuve que aprender que en la vida aunque no veamos como prioridad muchas cosas, tenemos que cumplir con ellas y no solo cumplir, sino hacerlo bien. De otra manera nos estancamos en otras áreas importantes.

La trampa de la falta de identidad

Pasar a sexto significaba ser popular por el simple hecho de estar en el último año. Uno es conocido cuando forma parte de ciertos grupos. Mis amigos eran los chicos “piedras”. Según comentarios de otros, eran los populares de la prepa y yo formaba parte de ese grupo.

Aunque en mi iglesia había aprendido que todos somos iguales y no hay por qué sentirse más que los demás, mis amigos no sabían esto. Ellos no eran cristianos.

Cuando inició el ciclo escolar me propuse compartirles del evangelio con el ejemplo, pero en lugar de influir en ellos fue al revés y, poco a poco, fui dejando a Dios a un lado y me transformé en una persona totalmente diferente.

Me importaba más lo que los demás pensaran de mí y trataba de satisfacer a todos para formar parte de un grupo social. Esto me trajo graves consecuencias.

Es vital escoger con sabiduría a nuestras amistades. A veces no estamos conscientes de lo valiosos que somos para Dios y cambiamos nuestra identidad por cosas vanas. Parece que pertenecer a un grupo con un buen estatus social es más importante que estudiar.

Constaté que la mayoría de las personas que son “populares” buscan la aceptación de otros pero tristemente no se aceptan a sí mismos. Esto provoca que cambien sus principios y valores para pertenecer a un grupo que los hará “alguien”.

En realidad no es necesario buscar la aceptación de otros si Dios nos la da. Para Él somos muy valiosos y nos ama tal como somos.

¿Somos oscuridad o luz?

No hice mi prepa en tres años y me dolió ver a mi generación salir y quedarme otro año. Me enojé con Dios, mis padres y todos los que me rodeaban, tratando de culparlos por mi situación. La única culpable era yo. Cuando entré en razón fue cuando hice mis exámenes extraordinarios y solo pasé uno.

Resultó que no era la genio que creía ser. Me frustré porque había fracasado y no contaba con ningún apoyo. Había defraudado a mis padres y a muchos que me apreciaban.

Cuando dejamos a Dios a un lado, nuestra vida pierde sentido. Mi culpa me impedía acercarme a pedir ayuda. Mi orgullo y la idea de no querer depender de nadie fueron lo que me hundió por completo. Me dejé llevar por consejos erróneos que me alejaban más de Él.

Todo lo que estaba pasando era consecuencia de las malas decisiones que yo había tomado. Uno influye en las personas y también ellas en nosotros.

Como hijos de Dios somos enviados a ser luz en las tinieblas pero yo era más tinieblas que luz. La Biblia dice en Efesios 5:9-11:

“No participen en las cosas que hace esa gente. Pues antes ustedes estaban llenos de oscuridad, pero ahora tienen la luz que proviene del Señor. Por lo tanto, ¡vivan como gente de luz! Pues esa luz que está dentro de ustedes produce solo cosas buenas, rectas y verdaderas. Averigüen bien lo que agrada al Señor. No participen en las obras inútiles de la maldad y la oscuridad; al contrario, sáquenlas a la luz”.

No es el fin del mundo

Tomé la decisión de entregar mis cargas a Dios. Me humillé y pedí perdón. Él me dio otra oportunidad. Mi vida no estaba perdida. No sucedió lo que yo había planeado pero no era el fin del mundo. Empecé a ver las cosas con claridad. Aprendí a valorar más lo que tenía. Tenía que enfrentar las consecuencias de mis actos, pero no estaba sola.

No es necesario pasar por todo esto. Dios tiene grandes planes para nosotros, pero muchas veces nuestras decisiones equivocadas nos van alejando del propósito que Él tiene para nuestra vida. Le damos más importancia a lo que los demás piensan y nos dejamos llevar por tentaciones que en vez de generar un bien nos perjudican.

Si no buscamos a Dios cada día, con facilidad podemos caer. A pesar de esto, la gracia y misericordia de nuestro Señor son tan grandes que siempre está dispuesto a perdonarnos y ayudarnos a salir adelante.

Hoy puedo constatar lo que dice Pablo en Romanos 8:28: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”. Gracias a Dios porque cuando pensaba que todo estaba perdido no me soltó de su mano.

Foto: Erick Torres