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¡Bon Voyage! Capítulo 1

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 16

Karla se obligó a dormir en el avión o no aguantaría el paso al día siguiente, pero si bien las tinieblas ya cubrían el cielo, su reloj marcaba que en casa aún eran las cuatro de la tarde. ¿Cómo conciliar el sueño si su cuerpo exigía acción y no reposo? Entonces un movimiento la hizo mirar a la derecha. Óscar, su compañero de asiento, ya roncaba. ¡Dichoso él! ¿Cómo lo había conseguido?

Quizá la música en sus audífonos lo arrullaba, pues incluso traía una media sonrisa que a Karla le habría divertido si no fuera por su propia frustración al no poderse relajar. Óscar le parecía simpático, aunque su trato con él había sido mínimo durante el año escolar. Era del tipo de chicos que prefería juntarse con aquellos que amaban la música, sobre todo la más alternativa. Vestía con jeans holgados y camisas dos tallas más grandes.

Karla cerró los ojos y acomodó la almohada. «Relájate, respira hondo y piensa en cosas lindas». Pero el recuerdo de su familia la perforó como una bala. ¡Tantos meses sin verlos! Ya había olvidado el timbre de sus voces y la precisión de sus facciones. ¿Qué hacía en un avión rumbo a Francia, en dirección opuesta a su hogar?

Ese año lo catalogaría como uno de los más difíciles de su existencia. Llevaba más de siete meses eligiendo sin ayuda de nadie los asuntos triviales como qué detergente utilizar. Durante las vacaciones de invierno, había tenido que permanecer en la escuela para trabajar y pagar la colegiatura, hasta que el verano se anunció lleno de promesas. ¡Volvería a casa!

Y de repente, la posibilidad de un viaje a Francia la sedujo. En menos de un mes volvería a su hogar en México para festejar su cumpleaños rodeada de su madre, sus hermanos y sobrinos. ¡Cómo echaba de menos el español! ¿Podría practicarlo en Francia? Óscar se talló los ojos y ella recargó su frente en la ventana. México, México, México. Volver requería de mucho valor y de recuerdos que no deseaba despertar. Quizá un mes en Francia la ayudaría a reacomodar su perspectiva.

* * *
—Karla, ¿estás dormida?

El susurro la hizo voltear. Nelly, otra de las chicas del grupo, le sonrió.

—No puedo dormir.

—¿Y Óscar?

—Roncando.

Nelly ocultó una risita.

—Vamos al baño, para estirarnos y conversar.

Karla no estaba segura si eso estaba permitido, pero las rodillas le dolían, así que siguió a Nelly por el pasillo. El avión estaba en penumbra, con la mínima luz para no interrumpir el sueño de los demás. En el camino, vio que los señores Smith, sus guardianes en el viaje, estaban dormitando, así como Sam y David. Solo Andrea, la compañera de asiento de Nelly, traía un libro en la mano.

—Está leyendo «Lo que el viento se llevó» por décima vez —le confió Nelly cuando se acomodaron frente al baño donde bebieron un poco de agua que la azafata les ofreció.

Nelly se le figuraba una chica normal. Tomó con ella dos clases, pero no coincidieron en muchas cosas, como en la ubicación de sus dormitorios u otras actividades. Era canadiense, rubia y delgada, con una mirada alerta y un sentido del humor interesante. Le había simpatizado desde las juntas que tuvo el equipo para orar por el viaje misionero que estaban a punto de realizar.

—Dicen que hay un antifaz en el kit del asiento pero no lo encontré y Andrea se niega a apagar la luz.

Karla se sentía incómoda con Andrea, una chica de posición acomodada y buena ropa. Jamás olvidaría cómo la conoció. Perla, una de las amigas cercanas de Karla, le contó sobre el cuarto de buena voluntad en el primer piso, junto a la lavandería.

Se trataba de un lugar en el que todos depositaban lo que ya no querían. Había desde un sillón usado hasta tenis en buen estado. Abrigos, gorras, camisetas, libros. Todo era gratuito. Karla no venía preparada para el invierno. En México jamás hubiera usado chamarras tan abultadas, pero en el colegio las cosas cambiaron, por lo que le pareció buena idea acudir al cuarto especial en busca de tesoros.

Encontró un par de botas para nieve a la medida, unos guantes afelpados y dos bufandas. A punto de marcharse, detectó una bolsa que traía dentro un abrigo negro. ¡Era hermoso! De inmediato se lo probó y su amiga Perla la elogió: —Te queda estupendo.

Karla estrenó el abrigo al domingo siguiente. Temprano, salió para la iglesia que se ubicaba frente al colegio y agradeció llevar el abrigo, pues aun cuando todavía no nevaba, el aire era gélido. Se ubicó en una de las filas de atrás, ya que era tímida.

En el descanso, bajó con Perla al sótano donde se ofrecían café y galletas. Karla se puso el abrigo ya que abajo no servía la calefacción y le dio frío. Tomó unos panecillos y al dirigirse hacia el rincón de siempre, una voz chillona hizo que más de dos pares de ojos se enfocaran en ella.

—¿Qué haces con mi abrigo?

Andrea Sullivan la contemplaba de pies a cabeza con ira en la mirada. Karla tragó saliva y giró el rostro en busca de ayuda, pero no vino de ninguna parte. Perla se quedó petrificada junto al garrafón de agua. Nadie se metía con Andrea Sullivan.

—Yo…

—¿De dónde lo sacaste?

Nuevamente Karla miró alrededor en busca de ayuda, pero solo se topó con la mirada inquisitoria de los demás, entre ellas la de David, quien también era parte del equipo que iría a Francia.

—Estaba… en el cuarto de buena voluntad.

El rostro de Andrea se puso rojo y perforó a una de sus amigas con la mirada.

—No fue una broma agradable.

Su amiga se puso seria, pero cuando Andrea observó a Karla, esbozó una risita.

—Ese abrigo es…

—Un bello gesto para una compañera —interrumpió la esposa del director de la escuela—. ¿No lo crees, Andrea?

Ella murmuró un sí y se dio la media vuelta, pero esa misma tarde Karla envolvió el abrigo en una bolsa de plástico y depositó el paquete frente a la puerta del dormitorio de Andrea. Ninguna de las dos volvió a mencionar el tema. En realidad no volvieron a toparse durante el año escolar y cuando descubrieron que ambas irían a Francia, no hablaron de abrigos.

—En realidad no sé porqué Andrea viene a Francia. No me parece ser alguien muy interesada en las misiones —comentó Nelly.

Karla tampoco se consideraba una candidata digna. El proceso de selección para el viaje había durado dos meses asistiendo a más de quince reuniones. Parte del método era comprobar que los candidatos no se rendirían ante nada y Karla persistió haciendo sus tareas, cantando y aprendiendo las escenas de mimos, todo en francés.

De los trece interesados, solo quedaron seis y cuando vio su nombre en el pizarrón de Misiones, corrió a la biblioteca donde estaban Perla y Jenny. Las abrazó hasta casi estrangularlas. Las tres volvieron al pasillo para revisar que Karla no hubiera tenido una visión. Allí estaba su nombre, no cabía duda, entre Andrea Sullivan y Nelly Hill.

—¿Nelly? —preguntó Perla con cierta sorpresa.

Perla y Jenny intercambiaron miradas cuando leyeron los otros tres nombres: David Harrison, Óscar Fernández y Sam Green.

—¡Sam! ¡Claro!

Cuando Karla pidió una aclaración, Perla le confió el rumor. Nelly amaba al jugador de baloncesto. Sam era la estrella principal del equipo del Colegio Sinaí, pero se hizo novio de Carolina, una chica también de segundo año. Curiosamente, Carolina y Sam rompieron unas semanas antes de la graduación, lo que lo convertía en un prospecto alcanzable.

Karla miró a Nelly con detenimiento. Dudaba que Nelly solo buscara pasarla bien en Francia o conquistar a Sam. En las juntas había hecho preguntas inteligentes y lucía dispuesta a servir a Dios en tierra ajena. Karla también tenía sentimientos contradictorios, así que no la juzgaría.

—¿Sabes, Karla? Mi hermana mayor está a punto de dar a luz a mi primer sobrino. Y aquí estoy yo, volando rumbo a Francia y no cerca de ella. En realidad, el hecho de ir a Francia me hace sentir culpable. Mis padres pensaron que bromeaba cuando les pedí dinero para un viaje misionero a… París.

—Te entiendo. Lo mismo me pasó a mí.

— Quizá debimos insistir en otro lugar. Algo como en Asia. ¿Te acuerdas cuando invitaron a ese hombre de la India a una charla en el colegio?

¡Cómo olvidarlo! Era una de las razones por las que estaba allí en ese preciso instante y no en su recámara en casa de su madre.

—Tanta gente sin conocer a Jesús. Sin haber oído de Él jamás. ¡Jamás! Y nosotros en Francia.

—Los señores Smith creen que hay mucha necesidad allí también.

Justo entonces Óscar apareció a su lado.

—¡Karla! Pensé que te habías bajado del avión rumbo a México.

Ella le sonrió. Óscar parecía ser un buen tipo.

—Estamos estirando las piernas —le informó Nelly.

—Hacen bien. Ya va a comenzar una de mis películas preferidas.

—¿La del equipo de fútbol americano? —preguntó Nelly.

—Esa misma. No te la pierdas, Karla.

—No lo haré —prometió, así que cinco minutos después se acomodó en su lugar.

Sin embargo, después de la primera escena, se quedó dormida. Ni siquiera las carcajadas de Óscar lograron despertarla.

Foto: Andrea Hernández

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D.R. ©️ Keila Ochoa