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Mi mayor tragedia es hoy mi mensaje

El psiquiatra que me atendía, al ver mi cambio lloró y dijo: “Lo que te ocurrió fue un milagro”

Pamela Trujillo Fernández

A mis catorce años intenté suicidarme por primera vez. Realmente me odiaba. Mi vida no tenía sentido. Había sido destruida a tal punto que estaba segura que no volvería a ser feliz otra vez. Crecí en una familia desintegrada[MySH1] , con un papá alcohólico que me abandonó cuando era pequeña y con una mamá ausente a causa del trabajo.

A los once años fui abusada sexualmente en diferentes ocasiones. Esa fue la gota que derramó el vaso, un vaso lleno de temores, inseguridades, odio y una identidad perdida. En esa etapa comenzaron los cortes en mi cuerpo, la bulimia y una adicción a la pornografía.

Me intenté suicidar quince veces con pastillas, cortándome y lanzándome de un puente. Terminaba en el hospital con una sonda en mi nariz por los lavados gástricos y con los brazos suturados por los cortes.

Debido a los intentos de suicidio tan recurrentes terminé internada en un hospital psiquiátrico con el diagnóstico de bulimia y trastorno límite de la personalidad. Los psiquiatras decían: “Si no mejora, tendremos que internarla en un hospital de crónicos”.

Día a día las crisis aumentaban.

Tiempo después comencé a consumir drogas como crack y marihuana, le robaba dinero a mi mamá para comprarlas y cuando ya no tenía dinero para adquirirlas comencé a prostituirme. Vendía mi cuerpo “a cambio de drogas”.

Pensaba que no valía nada, me sentía vacía y muerta en vida. Pero un día todo cambió. La secretaria de mi escuela conocía los problemas que enfrentaba, por eso me invitó a un evento de su iglesia, al que asistí con mi mamá. Al estar en ese lugar y escuchar quién era Jesús y lo que hacía por las personas, me sentí amada. No me pude resistir a su amor y lo acepté como mi Salvador.

Nunca olvidaré ese día. Por primera vez en muchos años sentí esperanza. Dios sanó mi corazón, me hizo libre de todo el pasado, comenzó a restaurar la relación con mi mamá y pude perdonar a la persona que abusó de mí. De un día a otro dejé los medicamentos psiquiátricos y las drogas.

El psiquiatra que me atendía, al ver este cambio lloró y dijo: “Lo que te ocurrió fue un milagro”.

Luego me dio de alta definitiva.

Sin embargo, dejar la bulimia y las autolesiones fue un proceso diferente. Tomó un poco de tiempo. A pesar de haber mejorado, seguía teniendo luchas. Hasta que le pedí ayuda a una persona de mi iglesia, que se convirtió en mi mentora y me enseñó a creer la verdad de mi identidad en Cristo y no en las mentiras del pasado. No fue fácil, pero Dios es fiel y en los momentos más difíciles se convirtió en mi roca, mi refugio y mi fortaleza en medio de la debilidad.

Actualmente, sirvo a Dios en la iglesia. Tengo una pasión por ayudar a chicas que sufren problemas emocionales a encontrar esperanza en Jesús. Las redes sociales se han convertido en una plataforma para llevar a cabo este fin, a través de una pequeña comunidad donde podemos ser vulnerables con nuestras luchas y encontrar sanidad emocional, identidad y propósito. También estoy estudiando la Licenciatura en Relaciones Públicas y Comunicación. Me siento feliz y disfruto mi vida.

Así es como mi mayor tragedia en la vida se ha convertido en mi mensaje más fuerte de esperanza a otros. Esta ya dejó de ser mi historia para convertirse en la historia del Dios que transforma vidas.

Foto: Brenda García B.